Llevamos cantando casi seis años con la coral "The Gospel Girls" de la Escola Pia de Granollers. Unas treinta mujeres y un servidor nos reunimos todos los miércoles a las 19:15h para cantar música moderna, digámoslo así.
"La música y yo" nos hicimos amigos de pequeños. Nos encontramos en mi casa, casi por casualidad, hablamos de nuestras cosas y nos fuimos conociendo. "La música y yo" experimentamos juntos la infancia, la adolescencia y la edad adulta en una camaradería perfecta. No nos exigimos nada la una al otro, salvo descubrirnos de arriba a abajo, ambos como expresión artística de un posible "creador". Por lo tanto, no me las puedo dar de maestro de nada, a pesar de albergar un profundo conocimiento de las sensaciones musicales internas y de las emociones que provoca la música en mí mismo.
Me lancé al vacío y acepté la dirección de la coral sin tener la menor idea de cómo se hacía. Cualquiera podría pensar que fue muy poco honrado por mi parte aceptar el trabajo. Tendría razón. De hecho, creo que el primer año ellas no aprendieron nada y yo mucho, pero mucho. Con el tiempo, pasados varios años, he ido descubriendo que mi trabajo no consistía en crear una coral estupenda que interpretara casi a la perfección un repertorio amplio repleto de retos armónicos y un sinfín de melodías entretejidas. Nada más lejos de la realidad. Satisfecho estoy (ellas también) de lograr que suenen afinadas "las tres voces" (contra-alto, mezzos, sopranos). En realidad, hemos estado haciendo terapia: no sé exactamente cómo denominarla, quizá risoterapia, puede que algo de musicoterapia, aunque pienso que podríamos estar ante una terapia de gestión emocional. Lo que tengo claro es que ellas lo saben mejor que yo. Algunas me llaman "psiquiatra barato", otras acuñan el término risoterapia. Bueno, he de admitir que procuro adornar con sentido del humor cada sesión.
Pero, lo que he descubierto finalmente es que ¡Ellas no vienen a cantar! ¿Quién ha engañado a quién, entonces? Vienen a respirar, a relajarse, a olvidarse del día, de la semana o el último año, vienen a flotar, a volar, a sacar la vida por la boca, a disfrutar sin pensar, a emocionarse solas y en grupo, a abandonarse en el éxtasis musical que les produce navegar por corrientes melódicas nuevas. En casi seis años que llevamos, jamás he visto una mala cara, una queja o una discusión entre ellas. A lo mejor se pegan en la calle como los machos, pero lo dudo. Más cosas: veo como aumenta su autoestima y, algo nuevo para mí, veo como aumenta la "autoestima colectiva". A ver si me explico: no se trata de una media ponderada sobre la suma de sus autoestimas individuales, no; el grupo en su conjunto actúa como un individuo (único) donde el todo prima sobre la parte y tanto la entrega como la emoción constituyen el combustible perfecto. Por tanto, el grupo unido aumenta su "autoestima" con cada concierto, tras cada sesión.
Cabe pensar que la mayoría de las participantes no ha cantado en su vida, ni siquiera en la ducha. Por tanto, superar el reto de cantar (y más delante de otros) tiene que ser algo sobrecogedor. Lo que a mí puede parecerme una bagatela, para ellas se convierte en una nueva cima alcanzada en sus vidas. Algo tan físico como cantar implica dejar atrás muchos bloqueos, complejos y prejuicios obre uno mismo (y sobre los demás). En resumen, si quieres puedes y el que canta sus males espanta.
En definitiva, es más que un taller de Gospel. Es una caricia en el alma de cada una de ellas. Un reto superado, por encima del puro entretenimiento, una terapia de comunicación en toda regla donde aprendemos (todos) a gestionar la emoción concreta que requiere la interpretación de cada canción.
Sólo me queda dar las gracias a mis alumnas (en realidad compañeras de viaje) por haberme enseñado tanto. Sé que no soy capaz aún de retener todos y cada uno de sus nombres de pila, pero tengo un recuerdo único y especial de cada una de ellas, por la luz singular que emiten y que tengo la suerte de percibir. Thank you Gospel Girls.